Ilusionismo

En nombre del profesor Fassman hemos querido dedicar esta página a sus colegas ilusionistas como reconocimiento a su labor y en agradecimiento por la gran ayuda que nos han brindado desde el principio de este proyecto aportando información y documentos sobre la carrera artística del profesor.

Aquí el lego y el aficionado pueden encontrar enlaces para ampliar sus conocimientos sobre ilusionismo, para tener noticias de su artista favorito o para elegir al artista que desean contratar. Gran parte de la información corresponde a la web de la SEI, Sociedad Española de Ilusionismo, pero también incluímos enlaces a páginas de sociedades y profesionales extranjeros.

Nuevamente pedimos vuestra ayuda, ya sea aportando información sobre la carrera artística del profesor Fassman o contribuyendo a hacer esta página más instructiva y amena con vuestras sugerencias y colaboraciones.

 

Fassman y el ilusionismo

José Mir Rocafort, en plena adoescencia, empezó su carrera profesional en un circo realizando números de ilusionismo en sus variantes de prestidigitación, magia y mentalismo. En 1938, con el pseudónimo de Fassman, ya había conseguido una cierta fama como ilusionista según consta en un texto sobre la guerra civil en el Pallars. Un año después, finalizada la contienda, Fassman presenta en Barcelona el espectáculo de mentalismo e hipnosis con el que llegaría a adquirir fama internacional, una fama que conservaría hasta su retirada de los escenarios a mediados de los sesenta.  Como mentalista e hipnotizador, Fassman combinó esfuerzo y talento de tal modo que nadie en su tiempo puso en duda que fuera el mejor en su especialidad. Los conocimientos y la experiencia adquiridos durante esa larga etapa, unidos a unas facultades y una personalidad extraordinarias, le permitieron cosechar el mismo éxito en sus cursos de Dinámica Mental y en su trabajo como hipnoterapeuta.

Tras retirarse del espectáculo y por diversos motivos, la relación del profesor Fassman con el ilusionismo se convirtió en objeto de polémica. Unos le acusaron de haber renegado de su etapa como ilusionista al mismo tiempo que restaban credibilidad a su labor en el campo de la hipnosis psicoterapéutica. Otros, sobre todo alumnos y allegados, preferían ignorar ese pasado artístico por entender que restaba seriedad a su trabajo posterior. Unos y otros se equivocaban. Para entender cómo y por qué, hay que dar un repaso al ilusionismo en cuanto término y como expresión artística.

Se entiende por ilusionismo el arte de crear en el espectador la ilusión de que el artista puede alterar leyes inviolables de la naturaleza haciendo que lo imposible parezca realidad. En esta definición caben la prestidigitación, la magia, el escapismo y también, cómo no, el mentalismo y la hipnosis de espectáculo. A quien entienda esta definición en sentido estricto y literal, no puede dejar de sorprender que haya libros, revistas, webs y artículos que se dedican a advertir a los incautos de que en el ilusionismo, y especialmente en el mentalismo y la hipnosis, hay truco, imputando a los artistas el ánimo de estafar y engañar al espectador. La imputación es tan absurda como lo sería considerar farsante a un actor por intentar hacernos creer que es príncipe de Dinamarca cuando en realidad todos sabemos que es un cómico.

Quien paga por ver un espectáculo de ilusionismo en cualquiera de sus variantes sabe perfectamente que tiene que haber truco. Ningún adulto en su sano juicio puede creer que un sujeto sea cortado a trozos y luego recompuesto, que otro levite, que el artista desaparezca del interior de un ataúd en llamas, etcétera, sin que medie truco alguno. Ningún ilusionista en sus cabales pretende que el público crea realmente que tiene el poder de resucitar y recomponer a un voluntario descuartizado o de adivinar los números de la lotería o de leer el pensamiento de cualquiera que se le ponga delante. Unos y otros, sin embargo, cumplen el papel que les asignan las convenciones. El espectador hace ver que se cree todo lo que ve y el ilusionista afirma en sus afiches y carteles que tiene poderes sobrenaturales sólo predicables de un superhéroe de comic o de una divinidad. Es todo parte de un juego que empezó en el siglo XIX y cuyas reglas debe respetar quien quiera disfrutar jugándolo. Habrá quien arguya que hay espectadores que por falta de instrucción o por ciertas caraterísticas psicológicas adolecen de una extrema credulidad y confunden el mentalismo con telepatía y la hipnosis de espectáculo con psicoterapia. Es cierto, como lo es que este tipo de espectador crédulo y acrítico seguirá creyendo lo que quiera por más argumentos que le ofrezcan para destruir su credulidad. Y nadie puede discutir que tiene pleno derecho a hacerlo. Lo que sí resulta discutible es el derecho que pueda tener otro a demoler su ilusión.

Si el arte del ilusionismo consiste en crear la ilusión de que ha sucedido algo que en realidad no puede suceder, lo que el público valora no es que no haya truco en lo que está viendo -ya sabe que tiene que haberlo-, lo que valora es la habilidad del ilusionista para sorprenderle y convencerle, haciéndole creer por un instante que lo que está viendo es real. Es esta habilidad la que determina el valor de un ilusionista. El público se siente estafado –y con toda razón- cuando el ilusionista es mediocre o simplemente malo, es decir, cuando sólo ofrece números ya muy vistos o cuando el truco se hace evidente impidiendo la ilusión. El público se siente satisfecho cuando el ilusionista logra hacerle creer, durante la ejecución de su número, que la magia es posible y omnipotente. Por eso resulta hasta cierto punto insultante que estos guardianes de la credulidad del prójimo se sientan en el deber de informarnos que hay truco como si fuéramos niños recién llegados al uso de razón, y definitivamente irritante si encima se ponen a revelarnos en qué consisten los trucos. El que ésto hace se gana, sin lugar a dudas, un lugar en la amplia categoría de los "aguafiestas" junto a los pelmas que disfrutan contando el final de una película a quien no la ha visto y tiene la intención de verla.

 
En el caso de los espectáculos de hipnosis, las revelaciones sobre los trucos adolecen necesariamente de imprecisión. Para explicarlos no basta hablar de “ganchos” pagados o de personalidades histriónicas dispuestas a hacer cualquier cosa que le pida el hipnotizador para acaparar la atención del público. En la hipnosis -en cualquier tipo de hipnosis- entran en juego dos variables que hacen imposible cualquier conclusión rigurosa: la personalidad del sujeto y la personalidad del hipnotizador.  ¿Quién puede asegurar que un sujeto dispuesto a fingirse hipnotizado no haya caído realmente en un trance hipnótico arrastrado por sus propias circunstancias psicológicas o por el poder de sugestión del hipnotizador o por ambas cosas? En cualquier caso, parece mucho más interesante estudiar la hipnosis como fenómeno de probado valor terapéutico, que investigar lo que ocurre en un escenario con el único fin de desprestigiar al artista y aguarle la fiesta al espectador.

Volviendo al profesor Fassman, hay que aclarar rotunda y definitivamente que nunca renegó de su etapa artística. Fassman hacía juegos de prestidigitación en privado siempre que se lo pedían y siguió realizando algunos de sus números de mentalismo e hipnosis ante los alumnos de sus cursos de Dinámica Mental para demostrar algunas de las cosas que enseñaba. Sus éxitos como profesor e hipnoterapeuta no tienen por qué eclipsar sus triunfos en los teatros ni hay motivo alguno para que esos triunfos se consideren una mancha vergonzosa en su pasado. Ha habido- y es de esperar que continúe habiendo- ilusionistas honestos y responsables capaces de ilusionar al público gracias al rigor de su trabajo. Ha habido -y por desgracia seguirá habiendo- médicos irresponsables que en lugar de aplicarse en ejercer el arte de la medicina para salvar vidas, actúan como chapuceros arriesgando la vida de sus pacientes. Todo trabajo tiene esencialmente el mismo valor. Lo que hace que un trabajo sea superior a otro es la honestidad y el rigor con que se realiza. En la biografía del Dr. José Mir Rocafort, Fassman, ilusionismo, docencia y psicoterapia se unen para demostrar las cualidades extraordinarias de un hombre que trabajó hasta los ochenta y tres años y lo hizo tan bien, que sus triunfos en todos los ámbitos se contaron por los resultados de su trabajo.