Fassman nació en Sort y, desde hace algunos años, la suerte quiso que el nombre de Sort se asociara a las brujas. La explicación es muy sencilla. El "gordo" de la Lotería del Niño tocó dos veces casi consecutivas en una administración en la que tenían brujas de adorno. Los dueños decidieron llamar a su negocio "La Bruixa d'Or" -"La Bruja de Oro"- y un marketing muy eficaz hizo el resto. Hoy por hoy, Sort probabablemente exhibe más brujas por habitante y metro cuadrado que cualquier otro pueblo del mundo, brujas de todo tipo y tamaño que dan a las tiendas de recuerdos un tipismo especial. Pero, ¿tienen algo que ver las brujas con la tradición real del pueblo y de la comarca?
Se puede afirmar que a ningún territorio del mundo le es ajeno el fenómeno de la brujería. Con diferentes nombres, disfraces, símbolos, ritos, en todas las civilizaciones ha existido la figura del brujo o bruja, un personaje al que sus congéneres atribuyen facultades extraordinarias para curar, predecir el futuro o recabar la ayuda de fuerzas sobrenaturales para hacer el bien o el mal. Reduciéndonos a Europa, encontramos desde la Edad Media un prototipo de bruja que pasaría a la historia gracias a los procesos de la Inquisición. Se trataba, por lo general, de mujeres solitarias, con amplios conocimientos de medicina natural, que actuaban como curanderas, consejeras y futurólogas. La comarca del Pallars Sobirà, de la que Sort es capital, contó con sus brujas como Galicia y el País Vasco. Salpicadas de pueblos de difícil acceso, las altas montañas crearon y transmitieron durante siglos la leyenda de esas mujeres que llegaban a donde ni la ciencia ni la religión podían llegar.También hubo brujos, hombres llamados "bruixots" que también curaban, predecían el futuro y echaban o quitaban maleficios. La única diferencia con sus colegas femeninas era que gozaban de mayor prestigio, como no.
Hecho este repaso por la historia, tenemos que detenernos en el último "bruixot" que se recuerda en Sort. Le llamaban Buraut y era de un pueblo próximo a la capital. En su rico y trepidante anecdotario se incluye el hecho de que predijo ante testigos que un niño de tres años, al que llamaban Pep de Mariot, sería "bruixot" como él. Dice la leyenda que ese niño se convirtió con el tiempo en aprendiz de Buraut y que fue Buraut quien le enseñó las artes que Pep de Mariot, convertido en Fassman, exhibió por los escenarios de medio mundo, en su consulta particular y en sus cursos. Contado así no es más que una leyenda, pero, como toda leyenda, tiene algo de realidad.
Fassman contaba muchas anécdotas de Buraut, un hombre corpulento, de mirada penetrante al que sus vecinos atribuían poderes extraordinarios porque igual curaba a un deshauciado, que sacaba los demonios de una casa, decían. Para realizar sus prodigios, Buraut se servía de un libro que se convirtió, desde principios del siglo pasado, en el vademecum de los curanderos extendiéndose por toda España, Sudamérica y Las Antillas: "Tesoro de Milagros y Oraciones de la S.S. Cruz de Caravaca." A las manos de Buraut llegaría tal vez a través de un marchante, de los muchos que abastecían los pueblos de la montaña con todo tipo de productos. El caso es que el hombre, dotado de un profundo conocimiento de sus paisanos, utilizaba ese libro para dar solemnidad a sus conjuros y mover a sus clientes a la fe. Que no supiera leer, era lo de menos. Por aquel entonces, la gran mayoría era analfabeta y no tenía modo de comprobarlo. Cuando Buraut pronunciaba sus conjuros, sus paisanos le suponían todos los conocimientos del mundo y algunos atribuían su sabiduría nada menos que al demonio.
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Fue el conocimiento psicológico natural de Buraut y su poder de sugestión lo que atrajo a Pep de Mariot, obsesionado como estaba por todo lo que tuviera que ver con el poder de la mente. Apenas próximo a la adolescencia, vio trabajar al "bruixot" y le acompañó en algunas correrías, pero nunca fue su aprendiz, en primer lugar, porque sus padres no se lo hubiesen permitido y en segundo, porque nunca se lo tomó en serio. Muchos años después, Fassman utilizó en su consulta hierbas del país en el tratamiento de dolencias leves y en pacientes con patología psicógena. Pero siempre reconoció que su conocimiento de las hierbas lo debia a las mujeres de su tierra y a un personaje también muy singular, Ramón de Montardit, que durante muchos años le proveyó de las hierbas que él mismo recogía en las montañas del Pallars.
Entonces, la profecía de Buraut, ¿se cumplió o no se cumplió? ¿Fassman fue "bruixot"? Al menos lo fue en un titular de un diario de la provincia en el que le llamaban "el bruixot de Sort" y puede que lo fuera para algunos de los paisanos que acudían a su consulta de Bacelona con sus dolencias y sus problemas. En cualquier caso, a Fassman nunca le molestó el apelativo. Por el contrario, le parecía bien entroncar con nombre propio en una tradición de lo que él llamaba su país con auténtica devoción. Lo que no toleraba de ningún modo era que se le asociara a la práctica de la brujería en su sentido más amplio. Ser "bruixot" en el sentido de un curandero de familia era una cosa, y otra muy distinta ser lo que se fuera utilizando hechizos, conjuros y ritos para sacar dinero a los crédulos. Fassman tenía muy poca paciencia con aquellos despistados que se acercaban a su consulta para pedirle uno de esos "trabajos", y cuando quien acudía para pedirle ayuda era una víctima de alguno de estos timos, perdía la paciencia por completo y los estribos también. En una ocasión, fue a visitarle una pobre anciana a la que un desaprensivo le había pedido un millón de pesetas, los ahorros de toda su vida, por "limpiarle" la casa supuestamente ocupada por entes maléficos. Fassman pidió a gritos el teléfono del individuo, le llamó y le conminó clara y sonoramente a buscarse otro modo de poner en práctica sus supuestos poderes. No fue ni la primera ni la última vez y aún quedan muchos que podrían confirmarlo.
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